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Para la antropología,
el lugar es un espacio fuertemente simbolizado, es decir, que
es un espacio en el cual podemos leer en parte o en su totalidad
la identidad de los que lo ocupan, las relaciones que mantienen
y la historia que comparten. Tenemos todos una idea, una intuición
o un recuerdo del lugar entendido de esta manera. Es, por ejemplo,
el recuerdo del pueblo familiar donde pasábamos las vacaciones
o también un recuerdo literario. Pienso en Combray (Combray-Iliers)
de Proust y en el conocimiento que Francoise, la sirvienta de
la familia del narrador, tiene de todos sus habitantes: después
de una minuciosa observación de los espacios prácticamente
asignados a cada uno en el espacio aldeano, y hasta en la iglesia,
ella le da un sentido al más ínfimo desplazamiento
de cualquiera. El lugar, en este sentido, para usar una expresión
del filósofo Vincente Descombes en su libro sobre Proust,
es también un "territorio retórico",
es decir, un espacio en donde cada uno se reconoce en el idioma
del otro, y hasta en los silencios: en donde nos entendemos
con medias palabras. Es, en resumen, un universo de reconocimiento,
donde cada uno conoce su sitio y el de los otros, un conjunto
de puntos de referencias espaciales, sociales e históricos:
todos los que se reconocen en ellos tienen algo en común,
comparten algo, independientemente de la desigualdad de sus
respectivas situaciones. La vida, la vida individual, no es
necesariamente fácil en un lugar tal; tiene sentido pero
carece de libertad, y por eso se concibe que en distintos países
y en distintas épocas el paso de la aldea a la ciudad
haya podido ser vivido como una liberación.
Los antropólogos estudiaron tales lugares. "Desde
la aparición del lenguaje, escribió Levi Strauss.,
hizo falta que el universo significara". Hizo falta,
en otros términos, reconocerse en el universo antes
de conocer algo, ordenar y simbolizar el espacio y el tiempo
para dominar las relaciones humanas. Entre paréntesis,
y a pesar de los progresos fantásticos de la ciencia,
este diálogo entre sentido y conocimiento, entre simbolismo
y saber no está a punto de desaparecer, ya que las
relaciones entre humanos no pueden depender enteramente de
la ciencia o del saber. Así, pues, los antropólogos
estudiaron, en las sociedades que llamamos tradicionales,
cómo la identidad, las relaciones sociales y la historia
se inscribían en el espacio.
En África, como en Asia, en Oceanía o en América,
ni la distribución de las aldeas ni las pautas de residencia,
ni tampoco las fronteras entre lo profano y lo sagrado están
dejadas al azar. No nacemos dondequiera, no vivimos en cualquier
lugar (y hemos inventado palabras sabias para referirnos a
la residencia en casa del padre, de la madre, del tío,
del marido o de la mujer: patrilocalidad, matrilocalidad,
avuncolocalidad, virilocalidad o uxorilocalidad). Incluso
las poblaciones nómadas tienen una relación
muy codificada con el espacio. Así, los Tuaregs no
sólo tienen, naturalmente, itinerarios fijos y señalizados
sino que también, en cada una de sus paradas, las tiendas
de campaña son distribuidas en un orden determinado.
Esta preocupación por dar sentido al espacio en términos
sociales puede también aplicarse a la casa. Jean-Pierre
Vernant nos ha recordado que los griegos de la época
clásica distinguían el hogar, centro de la morada
y asiento femenino de Hestía, del umbral espacio de
Hermes, zona masculina y abierta al exterior. El cuerpo mismo
en algunas culturas está considerado como un receptáculo
de ciertas presencias ancestrales y se divide (es el caso
en ciertas culturas del Sur de Togo y de Benin) en zonas,
objeto de curas especiales o de ofrendas específicas.
Así, al definir el lugar como un espacio en donde
se pueden leer la identidad, la relación y la historia,
propuse llamar no-lugares a los espacios donde esta lectura
no era posible
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